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GIRA A GUÁPILES Y SARAPIQUÍ
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18 DE MAYO DEL 2003

Aunque originalmente se pensó hacer la gira a la Estación La Selva, el alto costo del ingreso y algunas otras dificultades hicieron que se cambiara por un viaje a la región de Guápiles y Sapariquí, con el fin principal de observar dos aves de gran interés: un búho que había sido visto perchado en unos árboles bastante bajos, y una garza tigre que fue avistada en un zacatal en las semanas anteriores. Como verán, la aventura valió la pena.

El inicio de la gira fue bastante tranquilo: salimos tempranito, pasamos sin mayores inconvenientes los cerros y el túnel y llegamos a la llanura para comenzar el día con un cafecito. De camino hacia La Unión de Guápiles, Julio nos contó que íbamos a conocer a “Cope”, un pintor de aves de extraordinaria calidad, que comenzó como trabajador de la construcción y que ahora se ha dedicado por completo a su arte. El sería el guía para observar a las lechuzas, pero primero nos llevó a ver un cuyeo (Nyctidromus albicollis) que estaba anidando muy cerca de su casa. Fue realmente fascinante verlo desde tan cerca, pues se mantuvo volando a corta distancia porque su polluelo estaba a escasos metros de nosotros. Cuando Julio finalmente lo descubrió, parecía una mota de peluza sobre unas hojas, que nos costó trabajo identificar aunque lo estábamos viendo.

La siguiente parada del viaje fue el árbol de las lechuzas. En una rama sobre el camino se encontraban dos ejemplares del búho (Lophostrix cristata), a unos tres o cuatro metros sobre nuestras cabezas, posando para nuestros binóculos y cámaras. Uno de ellos, más alerta que el otro, nos obsequió con una pose de enojado, con las cejas levantadas y el plumaje erizado, antes de perder interés en nosotros cuando dejó de sentirse amenazado. El otro, tal vez cansado de las andanzas nocturnas, nos ignoró por completo. Fue una ocasión muy especial, ya que normalmente es difícil ver un búho, y más aún desde tan cerca.

A corta distancia de donde estaban los búhos, visitamos una finca con la esperanza de ver un “pájaro estaca” (Nyctibius griseus), que había sido reportado en esos lugares. Por más que lo intentamos, debimos retirarnos sin haberlo hallado, pero con la sensación de que nos estuvo observando todo el rato. Cada poste de cerca, cada rama seca de un árbol nos hizo creer que finalmente lo habíamos localizado, pero no hubo tal. No se perdió el viaje a la finca, pues pudimos ver una magnífica garza del sol (Eurypyga helias) forrajeando a la orilla de un río, así como varias ranitas de color azul y rojo y un bello ejemplar de iguana verde.

Para entonces la lluvia se había hecho presente a ratos, típico comportamiento en esas regiones. Cuando llegamos a los pastizales donde Julio quería ubicar la garza tigre, nos explicó que esta especie es bastante rara, él mismo la ha visto unas pocas veces. Un pozo a la entrada de la finca disuadió a algunos de entrar, otros lo hicimos con sumo cuidado y con un buen paraguas pues amenazaba caer nuevamente la lluvia. Una vez dentro, resultó que el agua llegaba fácilmente arriba de los tobillos, y fue subiendo (nosotros bajando, más bien) hasta que estábamos con el agua a la cintura, pero con paraguas. Vimos varias aves, pero nada de la garza. Cuando ya casi nos dábamos por vencidos, una de las compañeras vio un pájaro grande volar cerca de donde estábamos los demás, lo que nos hizo reducir el área de búsqueda y al cabo de unos minutos, lo que parecía una ramita seca clavada en el zacatal resultó ser nuestra garza (Botaurus pinnatus). Cuando ya estábamos demasiado cerca se levantó en un magnífico despliegue de su gran tamaño y majestuoso vuelo.

Después de un almuerzo en que aprovechamos para escurrir un poco las medias y las botas, llevamos a “Cope” de regreso a su casa. Nos mostró algunas de sus pinturas, lo que nos dejó absolutamente sorprendidos, por la belleza y fidelidad de sus trabajos. Su modo de ser sencillo, casi campesino, hace que uno no espere la calidad de las obras que es capaz de producir. Recuerdo en especial una a medio pintar, en que la cabeza de un gavilán parece saltar de unos cuantos trazos en lápiz del resto del animal, como si estuviera saliendo de ellos y cobrando vida. Ya casi iniciando el regreso, le llevaron un tucán (Ramphastos swainsonii) recién muerto, aparentemente golpeado por un automóvil. Nos explicó que la gente del vecindario ya lo conocen, y le llevan animales muertos, especialmente pájaros, que le sirven para estudiarlos minuciosamente y hacer que sus pinturas sean aun más realistas. Abrió el pico del tucán y nos mostró el color naranja de su interior, señalando que ahora sabe que debe utilizar ese color cuando pinte un tucán con el pico abierto.

El regreso a casa estuvo tranquilo, excepto que una vez más la carretera estaba cerrada por un derrumbe y debimos utilizar la ruta larga, por Sarapiquí. Al hacer la lista de aves vistas (que incluye a cuatro identificadas por su canto), llegamos a 81. Aunque el número es bastante respetable, creo que en esta ocasión la calidad superó en mucho a la cantidad. De todas maneras, el agua de esas regiones es calientita y no resfría...

Walter Coto
cotules@racsa.co.cr

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2003